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Nuestra credencial electoral en gran riesgo

En México estamos por destruir el instrumento que asegura la identidad de la población con 18 años y más: la credencial electoral.  Es el único medio de identificación reconocido por autoridades, bancos y notarías. Hay sólo una para cada ciudadano, cuenta con candados que dificultan su falsificación.

La puesta en práctica del llamado Plan B en materia electoral, conlleva despedir al 85% del personal del Instituto Nacional Electoral lo que significa destruir las capacidades profesionales desarrolladas durante 30 años, para expedir y actualizar alrededor de 96 millones de credenciales de elector.

En la década de los años noventa del siglo pasado, cientos de miles de mexicanos y mexicanas dejaron de ser ¨no-personas¨ por no contar con actas de nacimiento o de bautizo, cartilla militar, licencia o pasaporte. Cada vez que realizaban algún trámite, pasaban por un viacrucis o simplemente no podían realizarlos. Ahora bastaba con que acudieran al IFE con dos personas que atestiguaran su identidad, para obtener ese documento mágico con su fotografía que les abría puertas, hasta entonces cerradas.

Por muchos años el padrón electoral fue manejado por el gobierno. La desconfianza en el mismo era una de las fuentes principales de controversia en los procesos electorales. Aparecían nombres repetidos, de personas muertas o que no existían. Una misma persona votaba varias veces con credenciales distintas. Ello permitía a los gobiernos priistas controlar las elecciones.

El enojo ciudadano y de los partidos de oposición provocó que en 1990 el gobierno priista, tomara la decisión de generar un padrón nuevo y credenciales con candados de seguridad, tarea que fue encabezada por Carlos Almada y Manuel Herrero.

Personalmente me tocó participar en dos procesos que permitieron asegurar la calidad y veracidad del nuevo padrón electoral que fue transferido en 1996, al IFE ciudadano y autónomo.

En 1994 el Dr. Jorge Carpizo, en ese entonces secretario de Gobernación, convocó a un comité ciudadano, formado por ocho investigadores, para que vigiláramos una gran auditoria de los procesos implícitos en el desarrollo del padrón. Esta fue realizada por varias empresas especializadas. En esa vigilancia a la auditoria participaron también los partidos políticos.

Comprobada la confianza en el nuevo padrón, acepté en 1997, la dirección del Registro Federal de Electores, en apoyo al primer consejo ciudadano del IFE autónomo, encabezado por José Woldenberg.

Si la Suprema Corte de Justicia permite que el Plan B en materia electoral se ponga en práctica, más de treinta años de esfuerzos y miles de millones de recursos públicos, invertidos para crear un padrón y credenciales electorales confiables, se irán a la basura.

Restaurar el daño que se causaría tomaría nuevamente, varias décadas y muchos recursos.

Destruir las seguridades que permiten al ciudadano ejercer sus libertades y ser reconocido como persona digna, es una mala forma de ejercer el poder.

Mujeres de poder

La Silla Rota

01.08.2023

Después de varios años de observar la vida política en México, uno puede aventurar que existen tres tipos de mujeres que participan en posiciones de alto nivel: las que son excelentes secretarias ejecutivas, las que son autónomas y las que gustan de estar en el candelero político.

En nuestro país llamamos políticos a las y los que aspiran al poder sobre otros. Lo hacen buscando puestos de elección, ya sea encabezando los poderes ejecutivos o integrando los legislativos.

Hasta ahora, las candidaturas para la presidencia de la República surgían de los integrantes del gabinete saliente o de los gobernadores. Eran personas con experiencia en la administración pública.

En el legislativo, durante varias décadas la experiencia se adquiría pasando de una cámara a otra o a los congresos locales. Con la reforma constitucional de 2014 de los artículos 59, 115 y 116 se incluyó la reelección de senadores, diputados, presidentes municipales, regidores y síndicos.

Las y los políticos en México se mueven en tribus o en mafias: el jefe o jefa tiene la obligación de colocar a las personas que integran su tribu. Así, son las tribus en las cúpulas de los partidos políticos las que deciden a quiénes postularán para las siguientes legislaturas. Poco tiene que ver su experiencia o su desempeño previo en la promoción y defensa de los derechos ciudadanos.

Al observar a las mujeres que participan actualmente en puestos políticos de alto nivel, uno puede aventurar que son de tres tipos:

Las que funcionan como directoras o secretarias ejecutivas. Tienen elevadas capacidades de concreción de proyectos, recursos para resolver requerimientos o problemas, una gran lealtad y obediencia hacia sus jefes. Estos, que son generalmente hombres, funcionan como generales dando órdenes, teniendo ocurrencias o haciendo promesas, siendo ellas las que logran ponerlas en práctica. Su destino político está en manos de sus jefes, que las explotan y en ocasiones, las promueven como una forma de prolongar su poder y asegurar a su tribu. Por ello, gozan de poco margen para formar sus equipos de trabajo.

Las mujeres autónomas. Son fuertes, inteligentes, creativas, con opiniones y posiciones propias; saben decir no, tienen mayor libertad para moverse, cuentan con recursos para resolver problemas y son más directas para hacerlo. Generalmente no cargan con tribus. Forman sus equipos considerando las capacidades y conocimientos de las personas.

Las mujeres que se prestan a llenar cuotas. Les gusta figurar y estar en los candeleros políticos, tener posiciones e ingresos. Buscan constantemente el reconocimiento y la alabanza. Dependen mucho de sus equipos de trabajo.  Saltan de un partido a otro. Se prestan a apoyar y promover todo lo que les instruya quién las subió al poder.

En los gobiernos y congresos actuales es posible identificar nombres de mujeres representativas de cada una de estas categorías. Por el bien de la creciente participación de las mujeres en política, ojalá y el balance futuro no se incline hacia el tercer grupo.

Una nueva ola de autoritarismo

La Silla Rota

24.10.2024

La decisión tomada por el Consejo del INE con el voto de siete consejeros para otorgar la mayoría calificada a la coalición de Morena en la Cámara de Diputados responde a nuestra vocación en favor de regímenes autoritarios y centralistas.

En los 200 años de vida independiente de México han existido tres prolongados regímenes autoritarios. En 2018 iniciamos el cuarto.

Antonio López de Santa Anna dominó la vida política por 32 años, entre 1823 y 1855. Fue once veces presidente y dos veces gobernador. A partir de 1876, Porfirio Díaz duró 34 años en el poder. El PRI controló al país por 71 años desde 1929 y colocó a 14 presidentes. En todos ellos hubo un dominio del poder ejecutivo federal sobre el congreso y el poder judicial.

La Constitución de 1924 definió que los Estados Unidos Mexicanos serían una república representativa, democrática, laica y federal. Sin embargo, en el siglo XIX por cerca de 50 años, se dio una batalla entre centralistas y federalistas debido al poder que tenían los jefes regionales. Es a partir de Porfirio Díaz que el ejecutivo federal empezó a controlar también a las gobernaturas.

Desde el año 2000, por un corto período de sólo 24 años, tuvimos alternancia de los partidos en la presidencia y en las gobernaturas, congresos plurales, una mayor independencia, al menos, del poder judicial federal, y la creación de varios órganos autónomos.  Parece que estamos retornando al inicio de una nueva ola de centralización del poder en la presidencia de la República. En esta ocasión con mayores posibilidades de acallar cualquier disidencia por la ampliación de las causas de prisión preventiva y por la militarización.

Otros ejemplos del retorno al autoritarismo son la desaparición en curso de varios órganos autónomos creados para quitarle al gobierno federal las herramientas que usó el PRI para mantenerse en el poder durante 71 años.

El gobierno de Morena busca recuperar el control y organización de las elecciones al subordinar al INE y al TEPJF; concentrar en lo que queda de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes, las concesiones para el uso, aprovechamiento y explotación del espectro radioeléctrico, las redes y  los servicios de radiodifusión y telecomunicaciones. El control del acceso a la información gubernamental y a la protección de los datos personales se pasarán a la inútil Secretaría de la Función Pública; al INEGI se le agregará la evaluación de programas sociales. Ahora la llaman “austeridad republicana”, hermana de la austeridad neoliberal.

El peor atropello de todo el llamado Plan C a la seguridad ciudadana, son los cambios propuestos para la elección por voto popular de las autoridades del Poder Judicial. Somos un país en donde el Estado ha perdido el control de al menos, una tercera parte del territorio en manos del crimen organizado.  Un país que vive una ciudadanía de baja intensidad por el desinterés de los gobiernos de las últimas cuatro décadas para avanzar en la realización de los derechos humanos de la población.

En lugar de ser la 4T, por “cuarta transformación”, debería ser la 4R por la “cuarta regresión”. Tendremos un septiembre lleno de obscuridad.

Edadismo. Discriminación de las personas mayores.

Hace dos semanas se llevó a cabo la reunión de presentación del grupo   MEXICOLECTIVO cuyo propósito es convocar a la construcción de un proyecto de nación, con la confluencia de todas las personas dispuestas a expresar sus opiniones, escuchar a otras y alcanzar consensos sobre el futuro del país.

Originalmente estuvo formado por veinte personas a las cuales, a lo largo de un año, se fueron sumando otras veinte. Cada una tuvo la oportunidad de invitar a diez personas al evento, por lo que la asistencia resultó un tanto variopinta.

Algunos de los integrantes originales, por diversas razones, decidimos no participar, ni convocar a dicho evento. Sin embargo, a pesar de haberlo notificado con oportunidad, nuestros nombres empezaron a salir en la prensa en calidad de convocantes principales cuando en realidad, en su caso, éramos cuarenta integrantes originales.

Un destacado comunicador tuvo la habilidad de obtener la edad de los ocho convocantes destacados por los medios y calculó un promedio de 73 años de edad. Su cuestionamiento principal al grupo era que no había jóvenes. Mencionó como ejemplo el caso de tres que calificó de brillantes, que curiosamente habían desertado de los partidos políticos en los que participaban.

Otro comunicador, de precisamente 73 años, que promueve diálogos en donde no deja intervenir a sus interlocutores, sostuvo que MEXICOLECTIVO era un grupo de viejos que ya habían tenido oportunidad de participar en la vida pública y que no habían aportado nada al país.

A partir de estas posiciones, podríamos concluir que las personas mayores ya no tenemos derechos de ciudadanía, no debemos participar, organizarnos, ni opinar sobre la cosa pública, que son sólo los jóvenes los responsables del futuro del país.

Que es la gerontocracia en los gobiernos, en los partidos políticos, en los poderes judiciales y legislativos, en el manejo de empresas y de universidades la que ha llevado al país a su situación actual.

Pues resulta que, de los 32 gobernadores, 21 tienen menos de 60 años (4 de ellos incluso menos de 40). De 20 integrantes del gabinete presidencial 8 tienen menos de 60 años y 4 de los líderes de los 7 partidos políticos, tienen 50 años y menos.

Los jóvenes están participando en la política, en los gobiernos, en la sociedad civil, en las redes sociales. Muchos se están formando o gozando, con todo derecho, de su juventud. Lamentablemente, representan la mayor proporción de personas en reclusión, desaparecidas y asesinadas. Los jóvenes son a la vez víctimas y victimarios de la violencia normalizada.

La desigualdad, la pobreza, la exclusión y las violencias cada vez más agudas, requieren para enfrentarlas del concurso de todas y todos, de la construcción de un pacto social y del desarrollo de una nueva estatalidad que reconozca la enorme complejidad social.

No estamos frente a problemas que derivan de las omisiones de los viejos. El edadismo, la discriminación de las personas mayores, se ha convertido en una expresión grave de intolerancia.

Un país roto

Para Silla Rota.

En memoria del Dr. José Ignacio Chapela Castañares.

La desigualdad, la pandemia, el crimen organizado, la corrupción, la destrucción de instituciones públicas y un gobierno que polariza, tienen a México roto, sin un camino compartido hacia el futuro.

Las conversaciones y los encuentros entre los amigos, los familiares, los compañeros de trabajo y de escuela se han visto disminuidos por los encerramientos motivados por la COVID19. Si acaso persiste la interacción, es principalmente mediante el uso de plataformas y de dispositivos celulares. Los chats se han vuelto el modo privilegiado de comunicación.

Por su parte, la creciente desconfianza y el miedo que deriva de la presencia protagónica, a la vez que soterrada, de la delincuencia y del crimen organizado en el país, inhiben la expresión libre, promueven el silencio, nos impulsan a encerrarnos.

Nos hemos visto obligados a ocultarnos, a no exponernos, a no reclamar, a no demandar nuestros derechos, a guardar silencio. Es mejor no ser notado en la comunidad, en el transporte, en la escuela, en el trabajo, con el fin de evitar cualquier riesgo de agresión, de violencia, de extorsión, de despojo o de desaparición. Nos hemos convertido en un país sumido en una violencia crónica, en una violencia normalizada, que se ensaña particularmente contra las mujeres, los jóvenes y la niñez.

La destrucción de instituciones y capacidades públicas, pretextando una austeridad republicana o la existencia de corrupción, abona a una sensación de indefensión, de creciente ausencia de autoridades dispuestas a poner orden, a regular las relaciones sociales y económicas y evitar con ello los abusos y la violación de nuestros derechos, de nuestra integridad, de nuestra libertad e incluso, de nuestra vida.

En tanto, en la arena pública, en los medios de comunicación, en las mañaneras del presidente, sólo escuchamos confrontaciones entre los buenos y los malos, peleas anticipadas por el poder político, descalificaciones, acusaciones y mentiras.

Oleadas de información fugaz, noticias que duran el tiempo en que son comunicadas. No acabamos de conocer de una tragedia, de un asesinato múltiple, de la desaparición de personas o de un accidente, cuando ya hay otros cien en la lista de los comunicadores, que se pelean por dar las primicias.

Urge reencontrarnos, reconocernos como parte de un todo, de un país a la deriva que si se hunde, nos hundimos todos.

Escuchar al otro, conversar, disentir civilizadamente, ceder, oír de los dolores que nos aquejan, aceptar nuestra excepcional diversidad y encontrar, como una hazaña colectiva, el material dorado que utilizan los japoneses para reparar las piezas rotas, como nos diría Arnaldo Coen.

Otro golpe al tejido social urbano

Una de las grandes pérdidas experimentadas por la sociedad mexicana, son los espacios físicos y sociales de encuentro de la diversidad social y económica, lastimando profundamente el sentido de comunidad o tejido social.

La gran marcha hacia las ciudades, así como la migración de mexicanos hacia Estados Unidos, fueron despoblando las pequeñas comunidades y localidades rurales. Se crearon áreas metropolitanas muy desordenas y divididas económica y socialmente como las megalópolis de la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y Puebla, que aun así mantuvieron la presencia de colonias, barrios, vecindades, habitadas por personas originarias o provenientes de los mismos pueblos o estados.

Los cambios introducidos al artículo 27 de la Constitución en 1992, en la presidencia de Carlos Salinas, abrieron al mercado las tierras que estaban en manos de ejidos y comunidades. Esa apertura propició un aumento irracional y abusivo de suelo urbano.

En el sexenio de Vicente Fox aparecieron las llamadas “vivienderas” que, comprando terrenos muy baratos en las colindancias de las ciudades, desarrollaron unidades de vivienda de baja calidad y propiciaron el crecimiento horizontal de las urbes.

En años más recientes la llamada gentrificación de las ciudades generada por empresas inmobiliarias y políticos y gobiernos corruptos, asestó un nuevo golpe al tejido social urbano. La Colonia del Valle en Ciudad de México es un claro ejemplo de la paulatina sustitución de casas habitación unifamiliares por edificios de departamentos de varios pisos.

Los dueños del capital inmobiliario se han convertido en un poder de hecho en el país: financian campañas electorales, influyen en la expedición de leyes y corrompen funcionarios para lograr sus fines. A la vez destruyen barrios y colonias y la cohesión de sus habitantes expulsándolos de sus ámbitos históricos de residencia.

Ahora bien, a partir del confinamiento propiciado por la pandemia de COVID 19, se modificaron muchos aspectos de nuestras formas de convivir, aprender, trabajar, comprar e informarnos.

Uno de los cambios más profundos, consiste en la posibilidad de trabajar por medio de plataformas digitales.

Actualmente, una persona puede comunicarse con su empleador por medio de su laptop o teléfono celular y trabajar desde otro país, otra ciudad, desde un barco, la playa o la selva.

Ha surgido un nuevo tipo de trabajador, el llamado “nómada digital” que puede moverse con toda libertad por el mundo, decidir sus horas y horarios de trabajo, firmar contratos comerciales en lugar de contratos de trabajo, auto explotarse si así lo determina.

Esta nueva forma de trabajo está teniendo un gran impacto en las modalidades de poblamiento en varias ciudades de nuestro país. Los nómadas digitales buscan espacios para vivir, que les resulten atractivos y que sean comparativamente más baratos que lo que pagarían en sus lugares de trabajo.

La Ciudad de México, se convirtió en un lugar sumamente atractivo para jóvenes y personas de mediana edad que querían huir de las restricciones de movilidad impuestas en sus lugares de residencia.

Las colonias Condesa y Roma, habitadas y transformadas en lugares atractivos de convivencia por jóvenes provenientes de otros barrios y otras ciudades del país, se fueron poblando de personas extranjeras. Algunas llegan por temporadas, otras adquieren los nuevos departamentos que se edifican con la gentrificación de esas colonias.

Actualmente estamos viviendo el surgimiento de otro gran negocio que irrumpe en la vida comunitaria de varias ciudades, eleva las rentas y expulsa a los inquilinos, principalmente jóvenes, que no pueden pagar las nuevas rentas.

Se trata de la concentración del alquiler temporal de muchos espacios de vivienda por empresas de plataforma como Mr. W, que a su vez aprovechan la plataforma de Airbnb. Los dueños originales dejan en manos de esas empresas el alquiler de sus propiedades, reciben su parte y se despreocupan de las dificultades para encontrar y tratar con inquilinos.

Otra tuerca que se aprieta en contra de la convivencia en beneficio de empresarios con pocos escrúpulos.

Organizaciones de la sociedad civil y partidos políticos

La Silla Rota. 06 de diciembre de 2022.

Militantes de los partidos políticos de oposición, que ocuparon puestos en el poder legislativo o en los gobiernos, buscan actualmente a las organizaciones de la sociedad civil (OSC)con el propósito de formar alianzas y proyectar una imagen ciudadana frente a la población.

Están realmente preocupados por el rechazo popular a sus partidos debido a la absoluta ausencia de democracia en su operación, sus fallidas gestiones en el poder, así como probados niveles de corrupción y enriquecimiento de muchos de sus miembros.

Todos los partidos han sido temerosos y a veces antagónicos de las OSC. Durante décadas, cualquier organización que surgiera en el país era cooptada o destruida por el PRI. A partir del cambio democrático del 2000, los partidos mantuvieron un cierto nivel de prudencia frente a ellas.

En el sexenio de Vicente Fox varios líderes de las organizaciones se incorporaron a puestos a su gobierno. Impulsaron un medio ambiente público más amigable para el desarrollo de las OSC.

Esa prudencia se terminó con el actual gobierno. Las OSC han sido colocadas por el presidente como parte de las élites, del conservadurismo y de la intermediación corrupta; calificativos que hace extensivos a todo tipo de organizaciones, no sólo a las OSC.

Tengo treinta años de participar en organizaciones de la sociedad civil y de analizarlas. Inicié mi participación en organizaciones en lucha por la democracia invitada por Miguel Basáñez al Acuerdo Nacional por la Democracia, ACUDE. Era una organización integrada por intelectuales que habían desertado de sus partidos político, provenían de la administración pública   o de la academia. Fueron mis compañeros José Agustín Ortiz Pinchetti, Amalia García, Demetrio Sodi, Jorge Eugenio Ortiz Gallegos, Jaime González Graff, Rubén Aguilar, Bernardo Bátiz, José Antonio Crespo, entre otros. Nuestro interés era liberar de manos de la Secretaría de Gobernación la organización de las elecciones para posibilitar un cambio democrático en procesos electorales organizados en forma autónoma por la ciudadanía.

En 1994, ya como presidente de ACUDE junto con otras seis organizaciones civiles, convocadas por Sergio Aguayo, creamos Alianza Cívica.

En la historia de las OSC mexicanas la experiencia de Alianza Cívica ha sido la única donde junto con cientos de organización civiles depusieron sus agendas y se integraron en un gran movimiento ciudadano. El propósito era observar las elecciones presidenciales de 1994 en todo el país y avanzar hacia el cambio democrático.

Ahora bien, el ámbito de las OSC en México es crecientemente heterogéneo. Sus campos de acción se han ido diversificando y ampliando. Además de preocupaciones auténticas para motivar su constitución y un innegable aporte de trabajo voluntario – ante la gran ausencia de una cultura de filantropía y participación de la ciudadanía mexicana – fueron cayendo en dependencia del crecientemente escaso financiamiento externo.

En México fuera de un disminuido fondo de inversión que hasta este gobierno operaba el desparecido Instituto Nacional de Desarrollo Social (INDESOL), los gobiernos de los distintos partidos se han negado a considerar la asignación de recursos públicos para financiar las importantes tareas que llevan a cabo las OSC. Estas defienden derechos de grupos discriminados, trabajan directamente con las comunidades, protegen los recursos comunes y colocan en la agenda pública temas que surgen de los dolores que padece la población y que el gobierno no alcanza a percibir, y menos a atender.

Las OSC generalmente están integradas por muy pocas personas, no representan, ni pretenden hacerlo, a grandes grupos de población. Defienden agendas de los derechos y atiende a personas maltratadas, victimizadas, discriminadas o excluidas.

En las dos últimas décadas con la participación de jóvenes con altas calificaciones académicas, algunas se han constituido en observadores de la gestión de los gobiernos y a veces son financiadas por el sector privado.

Cubren todo el espectro político desde las más intransigentes en el reconocimiento de derechos humanos hasta las que promueven todos los derechos incluidos en nuestra Constitución y en los instrumentos internacionales. Se originan en la diversidad social y económica. Lamentablemente son muy pocas comparativamente con lo que ocurre en países como Chile, Brasil o Estados Unidos.

Pretender lavar la cara de los partidos políticos o de sus candidatos mediante alianzas con OSC y pensar que eso será atractivo para la ciudadanía, corrobora el enorme desconocimiento que los políticos profesionales tienen sobre la sociedad civil organizada a la que ellos mismos han obstaculizado durante décadas.

Ecos de dos marchas

IMER. 30 de noviembre de 2022.

Acabamos de pasar por dos versiones diferentes de marchas multitudinarias, y pacíficas en la Ciudad de México.

La primera, el domingo 13 de noviembre, convocada por agrupaciones de políticos de oposición al Gobierno de Andrés Manuel López Obrador y por personajes y organizaciones que se han arrogado la representación de una sociedad civil sumamente heterogénea, cuando sus liderazgos y recursos provienen de grupos conservadores y de empresas interesadas en preservar sus privilegios.

El número de participantes superó con mucho la respuesta que esperaban sus convocantes, así como sus propias capacidades de movilización. Se reprodujo    en más de 50 ciudades del país e incluso en el extranjero. Las estimaciones de asistencia en CDMX fluctúan ampliamente: entre 200,000 a 600,000 personas. Incluso algunos cálculos llegan a señalar 850,000 asistentes.

Se trataba de defender la llamada democracia electoral, un logro de la sociedad mexicana que tomó varias décadas alcanzar, varios conflictos, detenciones, desapariciones e incluso muertes. Esa democracia electoral derivó de amplios procesos de diálogo y acuerdos entre representantes de la diversidad política. Desde 1977 y hasta 2014 han habido ocho importantes reformas electorales consensadas entre los partidos políticos y no impuestas desde el poder.

A la marcha del 13 de noviembre asistimos varias personas mayores. Muchos habíamos participado en las batallas para acabar con 70 años de gobiernos del PRI. También participaron reconocidos luchadores de la izquierda mexicana, convencidos de que había que defender lo logrado en materia de confianza y autonomía en la organización de las elecciones en México, frente a la propuesta de reforma electoral promovida desde la presidencia de la República.

Lamentablemente los tres gobiernos que siguieron, una vez derrotado el PRI en el año 2000, mantuvieron las políticas económicas y sociales iniciadas por los últimos gobiernos de corte neoliberal de ese partido. Como consecuencia, en los primeros dieciocho años de este siglo, la democracia electoral no se reflejó en el bienestar de la población.

La segunda marcha, del 27 de noviembre pasado, se concentró en la CDMX, fue convocada por el presidente de la República, y se estima que tuvo una asistencia de 1 millón 200 mil personas, muchas de las cuales fueron transladadas a la ciudad, utilizando alrededor de 2,000 autobuses foráneos.

Después de plantearla como una marcha de desagravio por las expresiones calificadas por el propio presidente como “opositoras y conservadores” de la marcha anterior, terminó justificándose como una manifestación popular para reconocer al presidente López Obrador y los logros de la Cuarta Transformación en el contexto del cuarto informe de gobierno.

Se trataba de mostrar el poder de convocatoria del presidente.  Se pusieron en juego todos los recursos de la coalición de partidos que lo apoyan, así como de los gobiernos municipales, estatales y alcaldías que encabeza dicha coalición. Para el efecto se llevó a cabo una gran promoción, previa a la marcha, y se hizo uso de los medios públicos de comunicación para dar seguimiento y difundir su realización.

La propia marcha, encabezada por el presidente de la República quien hizo el recorrido a pie durante cinco horas, se transformó en una gran fiesta popular. Se organizaron espectáculos musicales en varios puntos del trayecto y los participantes portaban mantas y letreros, cantaban y coreaban. Muchos buscaban ver, tocar, saludar y fotografiarse con el presidente por lo que se convirtieron en un obstáculo para permitir a éste un paso fluido. Al llegar al Zócalo todavía dio su informe durante poco más de hora y media.

Los dos eventos descritos se realizaron con tranquilidad, sin daños al entorno; el primero con mucha espontaneidad, el segundo con mayor organización y recursos.

Si bien son expresión de la gran polarización que domina la realidad nacional, en los dos casos es de destacar el interés de la población por encontrar canales de expresión pública de sus inquietudes, preocupaciones, agradecimientos y apoyos.

Es de lamentar que no contemos con espacios y actividades públicas que propicien el encuentro, el diálogo y, por tanto, la escucha entre la diversidad social, para enfrentar colectivamente la profunda desigualdad, la creciente violencia y la falta de acceso a la justicia y a la verdad que padecemos.

¿Es pertinente una reforma electoral en este momento?

IMER. 19 de octubre de 2022.

Sería un gravísimo error del Congreso Federal aprobar una reforma electoral  a diez meses de que inicie, en septiembre próximo, el proceso electoral para las elecciones  en 2024. Ninguna de las reformas electorales realizadas anteriormente se llevó a cabo en tales condiciones.

No alcanzarían a concretarse y a consolidarse las propuestas de cambio en los organismos responsables de la organización de las elecciones como  sustituir al INE por un Instituto Nacional de Elecciones y Consultas (INEC) haciéndolo responsable de organizar todas las elecciones en el país, con organismos locales que sólo funcionarían en tiempos electorales.

Sería un daño irreparable para la calidad de nuestras elecciones, desaparecer el cuerpo de profesionales que en todo el país como se propone.  Con gran experiencia y apoyados por la ciudadanía, el personal profesional de las juntas locales y distritales trabaja de manera permanente actualizando la cartografía y el padrón electoral, definiendo la ubicación y el número de casillas para facilitar el acceso de los votantes, seleccionando y capacitando a personas para integrar las mesas electorales con ciudadanía imparcial, distribuyendo y recogiendo la papelería electoral, impartiendo educación cívica.

La calidad y certeza del proceso electoral se pondría en grave riesgo y podría desembocar en cientos de conflictos en el país, que de por sí ya está tan polarizado.

Debemos seguir avanzando en una mayor calidad y confianza en las elecciones.  No retroceder en lo hasta ahora logrado que nos garantiza ejercer nuestro derecho al voto en forma libre y secreta, que éste se cuente y se cuente bien y que sea la ciudadanía y personal profesional y con experiencia y no los partidos políticos, los que organicen las elecciones.

Es necesario que el padrón, las listas electorales y nuestras credenciales sigan gozando de nuestra confianza y sigan bajo el control de un organismo autónomo ciudadano. No es posible volver a darle el control del padrón electoral a la Secretaría de Gobernación y menos con la creciente militarización del país. El padrón y las listas electorales en manos de los gobiernos del PRI eran motivo de controversias, herramienta para el fraude, para hacer ingeniería electoral: mantener personas fallecidas, inflar las listas, eliminar votantes de partidos contrarios.

Fueron muchas batallas y horas destinadas por la ciudadanía organizada y por los partidos de oposición para conseguir un padrón y una credencial electoral confiable, ejemplo a nivel mundial, que nos permite contar con una identificación ampliamente aceptada.

Asimismo, al eliminarle a los partidos políticos la asignación de dinero público para sus gastos ordinarios como se está proponiendo en la reforma electoral de la presidencia de la República estemos exponiéndonos a que la delincuencia organizada y los poderes económicos de hecho se apropien de partidos políticos a través de su financiamiento.

Es cierto, que es necesario reducir las asignaciones de recursos públicos a los partidos revisando la fórmula para asignárselos, pero también tenemos que evitar que reciban dinero por debajo de la mesa de fuentes privadas y condicionado al otorgamiento de privilegios y canonjías. Se dice que por cada peso de recursos públicos para las campañas políticas se reciben 15 de fuentes privadas.

Los programas sociales y mucho dinero son usados por los partidos y por los gobiernos para condicionar y comprar votos. Debemos luchar contra ello, contra el clientelismo y denunciar cuando esto ocurre y las formas como se lleva a cabo.

Fueron muchos años, muchos actores y movimientos sociales y muchas batallas las que dimos para lograr remontar 70 años de represión, pérdida de vidas, encarcelamientos, impedir la participación y la organización de la ciudadanía y sufrir altos niveles de corrupción.

Nuestra democracia electoral ha permitido al menos, la alternancia política para tener representaciones diversas y con distintos proyectos, en los congresos y en los poderes ejecutivos federal y locales. Con ello hemos evitado que todos los poderes del Estado los controle un solo partido político como nos sucedió por siete décadas de gobiernos del PRI. 

Si bien nuestro sistema electoral es perfectible no podemos aceptar una reforma electoral que retroceda en lo que hemos alcanzado ni que se lleve a cabo con premura. Corremos el enorme riesgo de volver al autoritarismo y a que se violen nuestros derechos políticos y civiles.