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La precariedad del tejido social urbano y las violencias.

Clara Jusidman

14 agosto 2025

 Al menos tres acontecimientos los muestran: el redescubrimiento del campo de exterminio del CJNG en Teuchitlán, Jalisco con restos, ropa y enseres de jóvenes desaparecidos; el infame secuestro, tortura y muerte de la maestra Irma Hernández Cruz en Álamo, Veracruz y el hallazgo de los restos de Fernandito niño de 5 años secuestrado, golpeado y abandonado por una deuda de 1000.00 pesos de su madre en el Estado de México.

Nos indignamos por la ausencia de seguridad y justicia proveniente de las instituciones del Estado: no protegen, no vigilan, no investigan, no atienden las denuncias, no responden con oportunidad, no guardan el debido proceso. Nunca encuentran a los culpables, nunca los castigan o lo hace en un porcentaje ínfimo. Se abren expedientes que llenan las bodegas de las fiscalías y nunca se investiga.

Las autoridades repiten mil veces que los crímenes no quedarán impunes, que se harán las investigaciones pertinentes y que los perpetradores serán debidamente castigados.

Las mentiras, el engaño, la ineptitud y lo peor, el total desinterés en conocer lo sucedido y a quién castigar poniendo límites a estas conductas aberrantes sólo caen en el barril sin fondo de la impunidad, contribuyen a la desconfianza y a la repetición de actos llenos de crueldad.

Varias preguntas tendríamos que hacernos:

¿Dónde y qué hicieron los vecinos del rancho, los cercanos al secuestro y los de la colonia donde habitaba Fernandito y su madre? ¿Trataron de detener lo que estaba ocurriendo o de apoyar a las víctimas, de denunciar, de convocar a otros vecinos para evitar los actos crueles? O permanecieron indiferentes, con miedo de involucrarse o sólo mirando los que sucedía.

¿Cómo es posible que toleremos los 200 mil asesinatos ocurridos entre 2018 y 2024, las 120 mil personas desparecidas no encontradas?

Esta situación refleja una destrucción sostenida de los tejidos sociales: no nos reconocemos como personas dignas, no hay empatía, no confiamos, no acompañamos a las víctimas y hemos normalizado la violencia.

En 2024 25.5 millones de personas vivían en situación de pobreza en zonas urbanas, casi el doble de los 13 millones que vivían en zonas ruarles.

Pensemos en los millones de jóvenes que han crecido en condiciones de gran precariedad en las ciudades, viendo como sus padres se empobrecían ante la falta de empleos que les permitiera mantener a sus familias en condiciones dignas y además siendo testigos de las enormes desigualdades.

El desarrollo de tejido social urbano no ha sido una preocupación de la política urbana: en los años cincuenta se construyeron unidades habitacionales enormes que actualmente experimentan altos niveles de violencia. Muchas colonias surgieron de invasiones que tardaron tiempo en lograr el acceso a servicios urbanos. En este siglo los desarrollos de vivienda se hicieron alejados de los centros urbanos.

El proceso de urbanización se ha llevado a cabo en forma muy desordenada en el país. Existe una segmentación social urbana y una ausencia de espacios de encuentro y convivencia en muchos desarrollos y colonias de bajos ingresos.

La desigualdad, el empobrecimiento de poblaciones urbanas y la ausencia de tejido social urbano, seguramente han contribuido a las violencias que dominan nuestra convivencia.

La incertidumbre y la seguridad en el trabajo

La incertidumbre y la seguridad en el trabajo

Clara Jusidman

La Silla Rota

16 de enero 2025

Los efectos del cambio climático como son los incendios por los vientos de Santana en Los Ángeles; las guerras en Europa, Medio Oriente y África; la emergencia de nacionalismos económicos en gobiernos autocráticos y los acelerados avances tecnológicos, especialmente en materia de inteligencia artificial tienen a la humanidad “al borde de un ataque de nervios” como diría Almodóvar.  En México podemos agregar la expansión territorial de las bandas criminales.

Los sentimientos de incertidumbre y miedo dominan a miles de millones de personas en la actualidad. No saben qué esperar del futuro y prefieren resolver sus problemas inmediatos: asegurar su alimentación, su salud, su vivienda, su trabajo y su ingreso y en no pocas regiones del mundo y de nuestro país, asegurar su vida y la de sus familias.

Millones transitan por el mundo huyendo de esos problemas en sus países de origen, buscando refugio y seguridad. Sufren en su búsqueda maltrato, discriminación, abusos, violaciones, pérdida de su libertad e incluso, la muerte.

En México nos encontramos al borde de una crisis en materia alimentaria, vivimos otra en el campo de la salud, la insuficiencia de viviendas ha sido reconocida por el actual gobierno, pero quisiera enfatizar lo que está ocurriendo en el mundo del trabajo y los ingresos.

En los últimos meses ha aumentado la incertidumbre en las posibilidades de preservar el trabajo y los ingresos que de ello se obtienen.

El acceso y la conservación de un trabajo digno son fundamentales en la vida de las personas y de las familias. Durante décadas el objetivo de vida era obtener un trabajo digno que permitiera cubrir las necesidades básicas de las familias, proporcionar educación a los hijos para que éstos a su vez, accedieran a un trabajo digno y protegido.

Sin embargo, a partir de los años ochenta del siglo pasado, las políticas económicas de los gobiernos no han comprendido la importancia y el nivel de seguridad que significa contar con un trabajo seguro en la vida de las personas y las familias.

Desde 1976 los gobiernos decidieron reducir los salarios mínimos al 25% del valor que alcanzaron en ese año. Entre 1994 y 2016 los mantuvieron en ese nivel. La firma de los tratados de libre comercio los obligó, por presión de los sindicatos de Estados Unidos y Canadá, a cambiar esa desafortunada política. El efecto de 40 años de depresión salarial en las capacidades de las familias mexicanas para construir seres humanos con dignidad fue desastroso.

Recientemente observamos dos tendencias. La primera es la desaparición de un gran número de pequeñas y medianas empresas y la disminución en más de 400,000 puestos de trabajo en los registros del Seguro Social.

La segunda son las políticas del actual gobierno federal para dejar sin trabajo a miles de trabajadores del poder judicial y el despido de mucho otros de la administración pública federal debido a “restricciones presupuestales”.

Asimismo, es un error aumentar el impuesto a la nómina al 4% en la Ciudad de México. Se encarece el costo del trabajo para las empresas que generan empleos formales.

La opción parece ser cambiar la certidumbre de un trabajo y encarecer el costo de este por mantener dádivas monetarias que aseguren lealtad política y control del poder.